-¿Desea exponer de manera amplia, o debiera decir franca, esto que ahora le aqueja?

-No lo sé; a veces pienso que sería inútil; otras, beneficiosa. Quién sabe…

Una pausa que comienza (luego de un par de minutos) a pesar y a notarse entre ambos, es finalmente anulada con una observación.

-Veo que ha retomado la lectura, no obstante su aversión a las traducciones. –Manifestó, luego de dar una rápida mirada al cuarto donde se encontraban.

-Sí, pero aún tengo mis condiciones al momento de elegir un autor.

-¿Y cual sería esta condición?

Le incomodaba la construcción de un diálogo en base a preguntas. Lo soportaba estoicamente, con el secreto anhelo que en el momento menos esperado, fluiría el relato. ¡Ah! entonces, todo se volvería autentico, a pesar de las hipérboles, eufemismos, y hasta alguna mentirilla por ahí. Sólo restaba esperar.

-Que la traducción esté realizada desde su idioma original. –Respondió.

-Comparto su observación. Nada más riesgoso que leer a Homero desde una traducción alemana, por ejemplo.

-O a Tolstoi, desde el francés…

Una sonrisa benévola se instaló en ambos, acortando la distancia que impone las formas de buen actuar.

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